Cuando era pequeño si me gustaba bailar, mi madre me cuenta (y existe evidencia fotográfica) que una vez gané un concurso de baile, supongo que tendría 5 o 6 años, yo no lo recuerdo, muchas cosas se olvidan en el transito de niño a adulto. Lo que si recuerdo, es que he bailado en el colegio, en primaria, Zorba el griego, Jarabe tapatío esas cosas que nos enseñan a bailar en los colegios para las actuaciones.

Yo creo que dejé de bailar el día que me caí, quien sabe, a lo mejor me acomplejé, o se me hizo un trauma, talvez mis viejos no se dieron cuenta de lo que pasaba, talvez fue mi fulpa por ser poco comunicativo, o a lo mejor ni siquiera yo mismo me di cuenta.

Estaba en tercer o cuarto grado y me había preparado por varias semanas junto a mis compañeros, aún recuerdo algunos nombres, Toño, Luis, Susana, Patricia… ay patricia!, acabo de recordar la vez en la que nos juntamos 4 compañeros para comprarle un regalo de fin de año, y nos lo robaron cuando casi llegábamos a su casa, pero ese es otro asunto.

A mi me tocó bailar con Rosita, esto no era coincidencia ya que éramos los más bajitos del salón, los otros niños nos molestaban haciendo el clásico ruido de ambulancia… aaaAAAAaaAAAAaaahhhh uuuUUUUUUuuUUUUuuuhhh…, eso me molestaba un poco pero entendía que era normal que lo hicieran, sobretodo después del incidente en los tubos del patio.

Los hombres (bueno, los niños)teníamos la costumbre de ir a la hora del recreo a jugar en unos tubos que estaban en el patio acondicionados para que los alumnos de secundaria pudieran hacer gimnasia, nos colgábamos sujetándonos con las manos de los tubos, habíamos algunos que no llegábamos saltando y subíamos trepando por los parantes; una vez colgados jugábamos derribarnos unos a otros, nos trenzábamos con las piernas jalando hacia abajo, nos pateábamos, y nos empujábamos con el objetivo de hacer caer al otro a la arena; obviamente el que quedaba suspendido hasta el final era el ganador de la batalla.

Cierto día, luego de varias luchas había quedado solo en el tubo, victorioso me balanceaba preparándome para bajar, cuando de pronto alguien se cuelga a mi lado, “Un retador!!!”, aproveché que el invasor se encontraba de espaldas e inmediatamente lo sujeté de las piernas (con las mías) y empecé a forcejear para hacerlo caer, el ataque fué tán veloz que mi oponente no atinó a defenderse y en realidad tampoco ofrecía mucha resistencia, no conocía su identidad hasta que al estar practicamente amarrados por las piernas los otros niños empezaron a hacer ese ruido (el de ambulancia) estaba a punto vencerlo sin haberme dado cuenta que se trataba de rosita quien había subido solo para balancearse como de vez en cuando hacían algunas niñas, luego de esto, risas y más risas, asumo que me ruboricé al extremo (luego de soltarla), y desde entonces los niños no dejaron de “molestarme con ella”, pero no es esto el objeto de esta narración; el asunto es que Rosita sería mi pareja de baile. Recuerdo que no quise bailar sin tener zapatos nuevos, y bueno, mis viejos se afanaron y me alquilaron un disfráz de mexicano, co tremendo sombrero que me era dificil mantener el equilibrio, llegaron hasta a pintarme los bigotes con corcho quemado.

El día de la actuación, tenía el mejor disfraz de todos, he visto las fotos hace un tiempo y los disfraces de mis compañeros eran sus pantalones negros con papel platino a los costados, sus chalecos adornados artesanalmente, y ni siquiera pistolas tenían, ¿Qué clase de disfraz era ese? en fin, yo sacaba pecho ya que era el mariachi pigmeo mejor vestido de todo el colegio.

Empezó el baile, el patio tenía el piso con ese cemento impermeabilizado, resbaloso, pero esto no fue impedimento para que hiciera gala de mis mejore pasos, adelante! atrás!, la rondita, el sombrero al suelo, y llegó la parte en la que teníamos que correr unos pasos hacia adelante y atrás, uno, dos, tres, cua… el mundo corrió a 33 rpm (cámara lenta pues) solo recuerdo que me resbalé, frente a todo el colegio el mariachi se fué al suelo, y lo peor, al levantarse ya no quería bailar, me quedé parado en medio del patio, mientras los demás niños continuaban con la runtina de baile; y rosita me jalaba del brazo para atrás y adelante con su sonrisa en el rostro, supongo que debí seguir bailando, de todas maneras ya solo faltaba hacer la reverencia para agradecer.

Mis viejos dicen que tenía la cara verde por la cólera, y que no quise hablar después de eso, todos me decían que esas cosas pasan, y que tenía que tomarlo deportivamente, supongo que no estaba preparado para tal acontecimiento. Al año siguiente la profesora quería hacer otro número para la actuación, ensayé un par de veces, y luego me hice el enfermo. Nunca más bailé en el colegio.

Un par de años después cambié de colegio por otro donde había más alumnos y nunca tuve la necesidad de volver a bailar, ni de volver a excusarme.

Tiempo después empecé a escuchar metal y conocí otros amigos, “los metaleros no bailan” me dijeron, cosa queacepté sin mayores problemas, tampoco yo quería bailar; “los metaleros no van a fiestas” fué otra de las frases que tampoco me molestaban, puesto que ya había desarrollado una antipatía por todo tipo de música “comercial”; lo que si me pareció muy cómico fue una vez en la que uno de mis amigos me dijo algo como: “los metaleros no van a la playa”, aguanta! queeeee????

Puede que todos estos sean motivos por los cuales poco a poco (o de un zopetón) haya perdido el gusto por el baile, aunque también he notado que muchos adolescentes (hombres principalmente) se ponen “chunchos” a la hora de salir a bailar en algún cumpleaños. No recuerdo haber visto bailando mucho a mis amigos del colegio, al menos hasta el final, cuando ya se dedicaban a ir a fiestas; yo por mi parte iba a las fiestas para conversar y tomar cerveza. A lo mejor estos hechos coincidieron y transformaron esa parte de mi conducta.

No es que tenga algo que decir en contra de la gente que baila, o del baile como tal, el bailar me parece una manifestación tan humana como la pintura o la música misma, talvez un cuestionamiento sobre el hecho de “ir a bailar” a un lugar específico con determinado ambiente y gentes, me parece que al que le gusta bailar podría bailar en su casa tal cual lo hace en una discoteca, no se.

Algunas veces he bailado voluntariamente, no puedo negar que balacearme al compás de la música sea fácil, pero eso no es el problema, el problema son aquellas ocasiones donde han tenido que llevarme casi a rastras a la pista de baile, y por no mandar al carajo a mi eventual pareja haciéndole pasar un mal rato (y claro, al final el mal rato lo pasé yo).

Llámenme aburrido, pero yo prefiero estar sentado en un bar, con una chela y escuchándo la música que me gusta, bailen ustedes si quieren, a mi, déjenme tranquilo.